SANTA FE - ARGENTINA

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    Servicios de mantenimiento, reparaciones, ajustes, modificaciones: para que la bici siga funcionando siempre

  • Bicimensajería

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A la siesta.

Aquella tarde, todo parecía indicar que se verían otra vez.
La calle tranquila, los árboles apenas sacudiendo un poco sus follajes, el viento acostumbrado y el calor de la siesta ya instalado. El olor a tierra mojada sintiéndose muy a lo último de cada inspiración, y las nubes oscuras a la misma distancia, pero en el cielo, se acercaban sigilosa y raudamente, asegurando la creencia de que la lluvia iría a empapar el asfalto y regar todo lo verde, en cualquier momento.
En el preciso instante en que los horneros callaban su canto dentro de sus refugios y uno ya podía saberse mojado; ahí cuando el diluvio era inminente, él aparecía.
Aparecía y tanto sus ojos como los de ella se cargaban de ilusión y anhelo. El cielo, la humedad, o la falta de viento perdían importancia de tal forma, que simplemente dejaban de ser.
Él, pasaba como la sensación de lluvia. Ella, de nuevo, se quedaba ahí. Y ni la lluvia ni él... en esa cuadra no pasaba nada. Nada más que un poco de viento.
Aquella tarde, todo parecía indicar que ella lo conseguiría.


Viene de contar el capítulo del medio: 'Otro gallo le cantara...'
Sigue en el capítulo antes del principio: 'La lluvia en la mirada de los otros'

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TZL - 24 de diciembre del 2010
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La lluvia en la mirada de los otros

Es la paciencia de esperar la lluvia, y sobre eso hacer tan grande su meditación, su pensamiento, que perdía la atención de lo que pasaba en la vereda... obviamente estaría muy concentrada en saber lo que pasaba en el cielo.

Y el transeúnte que pasó, algo agobiado por la humedad del ambiente, la vió y [quizás] en ese momento puso los ojos en la misma expresión con los que ella miraba el cielo. Pero siguió; si esos ojos que se perdían en el cielo, miraban con ansias algo que él nunca podría ofrecerle.

Ella esperaba la lluvia, y sabía que en algún momento la iba a poder alcanzar. En cambio él sabía que por mucho que esperara, no iba a llegar a la ventana.

Viene de contar el capítulo antes del principio: 'A la siesta'

Aquí empieza la historia (y termina la redacción).

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TZL - 1 de diciembre del 2008
Publicado originalmente en el blog de Rayuela: En Zigurat.
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Lo que nos queda.

Hace cerca de dos años empezaron las obras en el predio Santa Fe Pasajeros, conocido por los santafesinos como Estación Belgrano. De aquello que empezó no menos polémicamente por su ilegalidad, tratándose de obras municipales entrometidas en propiedades del estado Nacional, que comenzó con un ligero cambio de veredas, hacia la demolición de los muros perimetrales del predio y todo lo que había circundando el impactante edificio, seguió -ya con los dos pies del municipio dentro de la estación- por la 'lavada de cara' de la fachada, en paralelo se trabajaba en techos, pisos, aberturas y mampostería de interiores, hoy podemos ver la recuperación prácticamente completa.

En aquel momento puse en duda la veracidad de la "recuperación de la estación" según se propagandeaba. Y aunque hice públicas mis suposiciones, esperé para ver qué estación nos dejaría aquel anunciado proceso.

Entrada a un nuevo edificio.
Desde lejos la fachada asombra, como siempre lo hizo por su tamaño y detalle en la construcción arquitectónica. Al acercarse para entrar se percibe un cambio trascendental al cruzar la calle interna, sin tránsito en lo absoluto.

Entrar es verla totalmente cambiada. No es más la suciedad y la opacidad de dejar que el tiempo pase. En el hall el piso encandila haciendo brillar en su pulido el reflejo de las luces del techo, el cual se luce con sus yesos haciendo perfecto juego con las paredes, refaccionadas con todo detalle. Aunque estando ahí lo que más se destaca es la sensación de vacío: lugar inmenso y ahora siempre tan despoblado... boleterías donde nadie atiende ni expende ningún boleto; no hay más una imagen de la vírgen de Luján, patrona de los viajeros; no se ve más un cartel indicador de destinos... ahí, uno se dá cuenta que sólo entró al edificio por curioso o porque no tiene mucho que hacer.
En el ala Este están los nuevos y modernos baños, los cuales se salen mucho de la estética que predomina en el edificio. Adyascentes a ellos está instalado el bar, nombrado haciendo honores a Juan José Saer. La instalación y presentación es un lujo, pero por su contexto y sus comensales, por su dinámica, lejos está de ser un bar ferroviario.
La percepción es determinante al cruzar las puertas de vidrio que dividen el hall del sector de andenes. Hoy, bien se podría llamar galpón, viendo que el panorama no muestra ninguna plataforma, ni vías, paragolpes, o cualquier otro de los elementos de uso ferroviario que hay en las estaciones. Ahí el vacío es enorme, aún más grande. El silencio reina en todo el edificio, y dentro del espectador que esperaba ver la estación recuperada, una desolación importante. No hay trenes en la estación. No hay pasajeros, no hay ferroviarios.

Resulta difícil creer que hace dos años, en ese lugar había una terminal ferroviaria inactiva. Hoy es aún más triste, no es ni siquiera eso: miles de pesos invertidos en fortalecer y garantizar la pérdida de la estación terminal ferroviaria Belgrano. La llamada recuperación transformó de tal forma la integridad del edificio, que hoy 'Estación Belgrano' es tan solo una marca, una referencia para convocar a aristócratas y ejecutivos a reuniones, fiestas y eventos que nada tienen que ver con el transporte. Esta terminal ferroviaria no tiene nada que envidiarle a las desgraciadas estaciones de pueblos olvidados, de andenes muertos, de trenes ausentes sin pasajeros ni equipajes. Hoy entrar a la belgrano es entrar a una estación desmantelada.

El edificio, recuperado; la estación, abandonada.
Uno podría preguntarse por qué esperaron a cerrar los andenes internos de la estación para licitar los vehículos que "impulsarían el proyecto ferrovíal". Indigna mucho enterarse que la proyectada parada del tren urbano en Santa Fe Belgrano sea a la intemperie, en un nuevo "Apeadero Estación Belgrano" lindante a la gran terminal de los seis andenes tapados. Y esto no es importante en sí, lo importante es que este estancamiento, de tener una terminal ferroviaria ocupada por cosas ajenas a su verdadera función, obstaculiza y estanca el desarrollo del sistema ferroviario en la región -a la aplicación de tecnologías que minimicen el impacto del transporte larga distancia en la traza urbana, por ejemplo. Entonces en vez preparar el lugar para la recuperación de los servicios a Rafaela - San Francisco - Córdoba(Córdoba); San Justo - Vera - Resistencia(Chaco); Vera - Resistencia(Chaco); San Cristóbal - Tostado - Saenz Peña (Chaco) y Tostado - Añatuya (Santiago del Estero); a Coronda - Rosario - Retiro (Buenos Aires), con trenes importantes que solucionan verdaderas necesidades de la gente, se tapan los andenes y se ocupa la estación con fiestas y recitales, distrayendo el desarrollo del ferrocarril valioso, el de larga distancia. El desarrollo ferroviario se estanca con la terminal de trenes concesionada por diez años a una entidad que la aliena de su función y se la apropia, poniendo a la vez un proyecto de trencitos urbanos que consagrarían un espacio digno de vergüenza, y por cierto ridículo en su nombre: el apeadero Estación Belgrano, y que comprende una infraestructura limitada sólo para trenes de corta distancia.

Cuidado con el patrimonio.
Si bien todavía la ciudad capital de Santa Fe no pudo recuperar siquiera el tren a Retiro que supo tener entre 2003 y 2007, pretendemos que las obras que se hagan para el ferrocarril sean efectivas. Con eso queremos decir, hoy que la recuperación ferroviaria late en todo el país, hay que pujar para que se haga lo mejor posible. Ejemplos como el de la ciudad de Mar del Plata, que amplía su terminal ferroviaria para también captar más frecuencias de viajes por día; como el de la provincia de Entre Ríos, que mantiene un plan paulatino de recuperación de ramales ferroviarios, reparando la infraestructura para el ferrocarril; como el de la provincia de Chaco, que nunca detuvo sus trenes y hoy, uno de sus dos servicios larga distancia llega a Los Amores, provincia de Santa Fe. De todos estos ejemplos, que no se hacen desde la omnipotencia de una ciudad, sino articulándose y solidarizándose entre las administraciones municipales, provinciales y la nacional, debemos imitar lo mejor. La Estación Ferrocarril Belgrano no debe ser sólo un nombre, ni quedar en la historia: es un nodo ferroviario que puede darnos muchos más beneficios que un recital o evento de gala. Destapar los andenes y hacer correr trenes largos puede unirnos al menos con tres capitales provinciales, además de la capital de la República; puede acercarnos a gran cantidad de pueblos de nuestra provincia y país, y eso, con todo lo que conllevan las distancias, no puede desperdiciarse.
Que no se nos pase el tren, por estar atentos al trencito.

Ismael Mahfoud, 1 de diciembre 2010.


Ver más de Santa Fe en el Tren.>
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A los cuatro vientos; marzo 2009 3

Tramo 3: Paseo náutico por el Delta tigrense.

Fue después de comer unas hamburguesas en la mal llamada Costanera Sur, cocinadas en una parrilla o bien bajo un Sol que esfumaba toda idea de otoño, que fuimos a Retiro y tomamos el eléctrico a Tigre de las 15.26hrs. Subimos al primer coche, pegados a la cabina, y viajamos sentados entre ruedas de bicicletas, en el piso de un medio-furgón.

Viendo salir trenes desde el andén 1 de Retiro Mitre.

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A los cuatro vientos, marzo 2009 2

Tramo 2: A la siesta rumbo a Ezeiza.



La misma tarde del día de su cumpleaños, salimos con Seri de vuelta a la estación Gerli para tomar el tren eléctrico a Ezeiza. Esperamos poco y nos incorporamos a un tren lleno, mitad por pasajeros y mitad por vendedores ambulantes, muchos que aprovechaban el calor reinante para tener éxito en su venta de gaseosas o helados. Íbamos parados, y en eso vi algo verde entre mis pies: cuidé de no pisarlo y no me distancié, para que tampoco lo pise nadie más.
Mientras tanto, entre los choques de canastas y conservadoras, las cajitas de turrones y los nenitos a los que se les caían las tarjetas y los señaladores, llegó cuando pasábamos estación Turdera un vendedor de perfumes, que -lamento decirlo- es el peor vendedor ambulante del que puedo dar testimonio: La fluidez en el discurso era cosa desconocida para él, y nos contó buena parte de su historial laboral para argumentar la calidad de los perfumes. Repetía cosas innecesarias, evidenciando su inseguridad. Parecía estar dando excusas para que le compremos su producto, en vez de ofrecerlo como el mejor del mercado en su relación precio-calidad. Espero el año que viene volver a viajar en el Roca y encontrarlo, esta vez mucho más sagaz en la venta de perfumes al público pasajero.
En fín, llegando a Ezeiza yo seguía evitando pisar el chicle que había visto entre mis pies, que imaginé, con el calor del piso iba a quedarse fácilmente pegado en el calzado de quien le pusiera el pie encima.
Mi custodia terminó cuando bajamos a hacer la transferencia con el tren diésel, para seguir viaje.


Estribillo rumbo a Cañuelas.


Las 15:50hrs de esa tarde de sábado nos encontraba atravesando raudamente el túnel para llegar al tren diésel que nos llevaría a Cañuelas. Nos incentivó el ambiente sediento de la siesta soleada, y antes de subir al tren compramos una gaseosa tan valiosa como salada en el puestito que estaba oportunamente en el andén. Ocupamos los azules, metálicos y rígidos asientos de un coche “antivandálico”, los cuales no dejan de prestarme negativo asombro.


Interior de un coche antivandálico.

Dimos término al medio litro de gaseosa que adquirimos en el andén mientras el tren hacía los primeros metros. Y ya con el tren en movimiento, vimos circular más vendedores que pasajeros, que ofrecían sobre todo golosinas, helados y bebidas.
Al poco tiempo abandonamos esos asientos, buscando quizás un poco de confort. Por eso fuimos al estribo, así de paso sacábamos fotos desde ahí.


Estribo.

Que Dios, la UGOfe y la Secretaría de Transporte Ferroviario nos perdonen, pero en ese tren poco poblado, en las horas en que la tranquilidad se ve y se huele en los pagos de Cañuelas, no había mejor lugar para llevar el viaje que en el estribo. Sabiendo del riesgo que significa y llevando por eso la cautela necesaria, junto con el placer del riesgo. En una oportunidad pasó el guarda y como para quitarnos la impunidad, nos advirtió que no bajemos los pies a la escalera. El paisaje se amarillaba con la luz del sol, y se hacía ameno con el viento que fabricaba la velocidad del tren andando, que me sacudía la cabellera graciosa o ridículamente.






Vicente Casares.

El tren paraba en cada una de las estaciones y yo cogoteaba mirando a lo largo de la formación en cada detenimiento. No veía a nadie subir, a nadie bajar: ese tren era un mundillo de dieciséis ejes, y habitado por personas que al parecer, esperaban llegar a Cañuelas para no volver hasta el lunes, hasta el inevitable regreso al trabajo.
Así y de a poco, la vista se nos iba acostumbrando a la llanura de la tierra sembrada, sentados entre las puertas veíamos el paisaje correr con el viento hacia atrás; las vacas, los caballos, y algunas arboledas apartadas de vez en cuando. Calles de tierra al lado de las vías, pasos a nivel precaria y sobrecargadamente señalizados. Un perro imprudente, acostado, muerto, a metros de los rieles. Después silos, estructuras metálicas. Finalmente y con los molinos, ya se veía el anuncio de nuestra llegada a la ciudad de Cañuelas.


Petión.


Kloosterman Smata.


Kloosterman.


Cañuelas.

Salimos de la estación, entrando a la ciudad como esos dos forasteros que éramos, aunque tratábamos de disimularlo y tenemos la esperanza de que nos haya salido bien. Encaramos calle Libertad hacia la plaza central: San Martín. Ciudad de estructura típica; la estación está a pocas cuadras de la plaza principal, conectada a través de una avenida. Por ahí caminamos, disfrutamos del sol y la estupenda armonía que se respiraba, acentuando aún más ese sábado a la tarde.


Plaza San Martín, la plaza central de Cañuelas.

Nos sentamos en un banco, seguramente comentamos cosas del lugar, de la gente (las chicas) lo lindo o lo feo de vivir allá, después fuimos a caminar por los alrededores. Vimos algunos adoquines y bastantes casas viejas, en buen estado, algunas usadas por negocios. Nuestro tren de vuelta salía a las 18.10hrs, en una hora. Volviendo por Libertad entramos a un bazar y compramos cuchillos rojos. Después seguimos hacia la estación, pasamos por la operadora de Ferrosur Roca encontrándola cerrada, como no podría ser de otra forma tratándose de un sábado vespertino. Ya en la estación, sacamos pasajes y abordamos el tren, que ya estaba esperando para puntual ponerse en marcha.


Andén 3 de la estación Cañuelas.


A Ezeiza.


Cañuelas y más allá... Desvíos para maniobras del tren carguero, frente a los silos.

Retomamos nuestra posición en los estribos, y se produjo el viaje hasta Gerli, ya que en la televisión nos esperaba el partido de la selección argentina, y a la noche una salida de farra y alegría correspondiente al natalicio de Seri.




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Fotos y texto por Trenazul, marzo 2009.
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A los cuatro vientos; marzo 2009 1

El viernes 27 a las 14 horas llegué una vez más a Retiro, con el ánimo del que vuelve por el placer de volver. Salí de la estación de ómnibus con hambre, que satisfice  en un bar de Retiro Mitre, para después ya con la modorra de la siesta tomar el 22 hacia San Telmo, donde haría uso de la reserva en el hotel.
Dejé todo lo prescindible en la habitación y fui a Constitución, donde tomaría felizmente los subtes hasta Callao, y donde tras caminar la cortada peatonal Santos Discépolo, en Callao y Lavalle, me encontré con Lagos, Chary y Zony provenientes de Once.
Caminando llegué al lugar de origen: Reitro. La Plaza San Martín nos sorprendió una rareza quizás excesiva: un círculo de osos de colores alrededor del monumento al Libertador. Lo primero que uno se pregunta al ver decenas de osos en hilera, pintados de colores como en un carnaval petrificado y formando un gran círculo alrededor del Paseo de los Granaderos es, ¿qué carajo es ésto? sumado a un elocuente ¿qué estoy haciendo acá? Después de mucho mirar, nos enteramos de que se trataba de la exposición United Buddy Bears: cultura para la paz. Dicen que esa exposición es para conocer y fomentar la unión entre los países (qué fácil que parece). En fín, nos sacamos fotos y nos burlamos de los osos, para después emerger por avenida Santa Fe hasta Rodríguez Peña, donde después de Musimundo, dimos una tradicional vuelta por la galería Bond Street.

Monumento a San Martín en la plaza con su nombre. Retiro.

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Microhistorias dicotómicas y su desempate.

Anexos del trocha media ferroturismo (enero 2009)


Artista imperceptible de la tristeza perceptible.

Tiene doce años y un hermano bebé. Pasa frío si hace frío, y calor si hace calor. Camina despacio y descalza las estaciones y los trenes de la línea C, porque no tiene zapatillas. Su pelo teñido y cansado de ver a sus brazos cargar al hermanito, que está creciendo violentamente.
Ella pasa de vagón en vagón. Les habla a los pasajeros con la mirada fija en el piso. Su pregón es casi tan triste como la expresión de su cara. Ella quizás no esté tan triste todo el tiempo, como su cara lo sugiere; pero sabe que la gente que se compadece de las sonrisas es mucha menos que la que siente lástima de las tristezas ajenas.
Por eso lleva sus días llenos de un espectáculo infame; llena su vida de caras largas, de ojos lastimosos y tristezas obligadas. Regala una expresión triste, y recibe a cambio más expresiones tristes de aquellos que piadosos le dan unas monedas, y de los que impotentemente no tienen una moneda para darle.
Quizás la única vez en que su cara refleja realmente su sentimiento es cuando se pone a pensar que tiene doce años y no puede sonreír, porque su trabajo se lo impide.


Artista perceptible del equilibro imperceptible.

Él es un artista, pelo largo, bien vestido. Toca la guitarra en los trenes del subterráneo línea B. Siempre se para de frente al sentido del tren y canta mientras toca canciones folclóricas o medianamente melódicas. La gente ve su guitarra y su bastón blanco, lo escucha y cree que ese es el show. La gente no se fija en el detalle de que él con su ceguera a cuestas, interpreta canto y guitarra parado en medio del coche de subte, sin agarrarse más que con los pies del piso. Es considerado guitarrista y no equilibrista. Y él sigue siendo el ciego.


Cuando compré siete segundos de un tren por ochenta guitas.

Hacía fila en boletería de Gerli mientras esperaba el eléctrico a la cabecera Constitución, con caso omiso a la tradición roquera de no pagar pasaje por tres estaciones. En la mitad de la espera por el boleto, el tren llegó al andén. –Seis, siete segundos… ¿cuánto puede demorar en salir…?– pensé para mis adentros que ya tendría que esperar al próximo, con todavía tres personas delante mío. Unos segundos más, y cada uno bien largo. Cuando estaba sacando mi boleto el tren seguía ahí. Ni bien abandoné la ventanilla corrí a la puerta más cercana mientras veía que se cerraba, me quedé cerca en una mezcla de vergüenza al ridículo y desconcierto… las puertas estaban cerradas, aunque el tren permanecía quieto. Los segundos me significaban eternidades de incertidumbre: ¿y? ¿va a arrancar este tren? ¿Hasta cuándo esa multitud que va adentro del vagón va a mirar mi cara de fracaso en el intento por subir? Tres. Cuatro. Cinco segundos quieto (y era mucho para un tren en hora pico). Sorpresivamente, contra toda predicción, las puertas se abrieron de nuevo. Miré a los dos costados y me metí picarescamente.
Recién pasando Irigoyen, entre el aglomerado matinal de personas, acomodando en mi bolsillo el boleto, me di cuenta por qué se habían abierto las puertas.


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Ideas de Trenazul redactadas cerca del 19/01/2009 9:40:03
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Sublimando en el bondi.

(llamado también 'constantes nostálgicos del fín de semana')

La evolución tecnológico-electrónica dirigida al uso personal, que hoy por hoy acusa un nuevo artefacto cada día, mejora y acompleja la vida cotidiana de sus usuarios y el entorno de la vida de todos en general. Tanto es así, que en la observación que proponemos, combinaremos un artefacto moderno, devenido del winco, walkman, discman, y otro muy anterior nacido en la mezcla de la carreta, el coche y el tranvía.


¿Ha visto lo común que se hace hoy, al subir al colectivo, encontrar personas con auriculares conectados a su reproductor de música portátil? Más aún, apostamos que no ha podido pasar por alto a quienes escuchan su música SIN auriculares, y por lo tanto con sus potentes parlantecitos vibrando inescrupulosamente en todo el ala trasera de la unidad de transporte. Esta situación -que produce reacciones parecidas cuando nos circunda alguien con auriculares a un volumen tan intenso se nos pega el ritmo de los güiros, o el popular 'tun-chichichic--tun' reggaetonero- es algo más que, como parece a primera vista, una vana y desafortunada aplicación de chiches tecnológicos. Más allá de las caras de hartazgo, incomodidad o malestar que lo rodeen, pudimos, tal vez estimulados por distraernos de aquella música, llegar al siguiente análisis y posterior conclusión:

Realmente, la mayoría de persona(je)s que ponen tan fuerte el volumen de su música, son quienes escuchan cumbia, reggaeton o música electrónica. Muy fuerte, parecido a como suenan los viernes y sábados en los boliches. El protagonista siempre tiene cara de teletransportación o vuelo, o por lo menos actitud de ausencia. En vista de eso, decidimos concluir en que esas personas son trabajadores, estudiantes, gente con obligaciones. Obligadas a hacer sus deberes y por sobre todo, a vivir los siete días de la semana; por eso en ese tiempo nulo, en el que el transporte público les brinda la oportunidad de imaginarse donde lo prefieran, ellos optan por subir el volumen y encender su nostalgia… “ah...! Sábado...”

Lo que nos extraña es saber que este especímen, por nosotros denominado como el constante nostálgico del fín de semana, viaja en su mayoría sentado o con los colectivos a medio llenar, y no se frecuenta tanto en los aglutinados colectivos de hora pico, donde ellos encontrarían un ratito de boliche en una tarde de miércoles. Para el resto del pasaje, claro.

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Por trenazul,
agosto del 2010.

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La juventud perdida.

Caminando Mar del Plata, buscando carteles y ofreciéndome en posibles lugares.
Casi siempre acompañado gratamente por Noelia, bendición y fundamento de esta ubicación y esta búsqueda. El caminar era diario, y el camino marcado por los clasificados, las arterias comerciales o de grandes empresas que me pudieran contratar. Al principio, encaré este desafío –sin saber qué pesado sería– con fuerza y entusiasmo, positiva y alegremente, creyendo el objetivo cercano. Al par de semanas, ya se notaba la ausencia de resultados, cosa que incidía correspondientemente en cada próxima búsqueda, en el estado de ánimo y a veces hasta en la relación con Noe.
Muchísimas veces, durante este proceso y seguramente para evadir la situación más próxima, me invité a pensamientos profundos:

Uno, el que busca trabajo, ya está etiquetado como necesitado, desahuciado, pobrecito. A la vez, tiene que considerar todos los factores para lograr enamorar a un empleador y así conseguir lo que ya se convierte en un sueño: ser útil, tener un ingreso digno haciendo un trabajo digno. El buscador debe tener siempre bna pres, por lo que deberá peinarse, ponerse sus mejores calzados, afeitarse/maquillarse, vestir bien antes de presentarse a un empleador. Así mismo deberá caminar San Juan, Constitución, Tejedor, Alem, San Martín, Juan B Justo conservando en todos los casos las zapatillas limpias, el peinado intacto y la frente limpia de sudor. El papel de presentación, el currículum, debe elaborarse con histérico cuidado, ya que cada detalle de ese documento cuenta algo sobre el posible empleado. Así, uno debe atender a tener experiencia laboral pero no mucha, y tampoco poca, y menos que menos nula. Uno debe incluir sus estudios, pero no debe excederse de estudiado porque corre riesgo a ser descartado por miedo a que su intelecto supere al del dueño de la empresa. Usted debe intentar ocultar su estado civil soltero y sin hijos, puesto que esto lo haría parecer una persona irresponsable y poco arraigada a los compromisos. Aunque tampoco deberá decir que es casado y con hijos, porque eso significa que el tiempo dedicado a su familia dejará en segundo plano a la responsabilidad de su trabajo.
Al momento de hablar, de presentarse, de estar parado o sentado, de entrar al local, usted deberá ser cauteloso y mostrar su mejor postura, dicción y modales.
Estar al tanto de todo esto seguramente le posibilitará una buena impresión en el potencial empleador, sin embargo en la gran mayoría de casos la respuesta será simpática pero nula o insatisfactoria para lo que estamos buscando que no es caer bien como un fín en sí mismo, sino como medio para conseguir un trabajo.

Si pasara un tiempo pronunciado repitiendo este procedimiento en muchos lugares, usted comenzará a pensar que algo en su forma de presentarse –o peor, en su forma de ser- está mal; tal vez también empiece a pensar en caminos alternativos para conseguir un ingreso que le permita subsistir, o flexibilizará su tolerancia hacia empleos menos dignos que lo que debiera ser legal. Tal vez se le genere un resentimiento social o una impotencia al pensar que su búsqueda es noble y producente, y no debería ser tan difícil. Tal vez a usted le crezcan ganas de dejar de buscar empleo.

Ya sumergido en la práctica del buscador, con los cuidados al empleador ya incorporados en lo más profundo de mi ser, –aunque mis zapatillas estuvieren gastadas, sucias y rotas por tanto caminar, mi ropa fuere más cómoda y abrigada que presentable y mi pelo no estuviere peinado con gomina– he notado que en las recorridas encuentro a muchos jóvenes haciendo lo mismo que yo. Eso paralelo a los índices de desocupación, de pobreza, a la tasa de delincuencia, y a la baja edad de los que delinquen…

La juventud está perdida, sí. Perdida porque la dejaron perderse en donde después, nadie quiere ir a buscarla: está la juventud que ya se perdió porque no tiene ganas, educación o empuje para encontrarse, y por eso “decide” sumergirse en una vida de calle mediocre, sean pobres o ricos, adictos a la parranda, la embriagadse y el ocio. Y también está la juventud que busca emanciparse, hacerse un camino, emprender algún sueño o proyecto, y no hay. No encuentra caminos. Es como si faltara un eslabón, y muchos jóvenes ya no pueden “encontrarse” en la sociedad, sino es como consumidores o espectadores de los que nos quieren mostrar. Y claro, si el joven golpea puertas, y las encuentra todas cerradas, busca otro camino, entrar por la ventana o directamente quedarse en la calle... perderse en la calle; buscando, esperando, o dándose por vencido.

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Por trenazul,
agosto del 2010.
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Paradoja de la estatua vivente

Antes que nada explicaremos, para los extraterrestres o los enfrascados, en qué consiste el fenómeno estatua vivente: Habría que aclarar que no se trata de un fenómeno paranormal, sino de una actividad artística. Dicho arte consiste en la elección de un disfraz, maquillaje, y posición para permanecer, y una quietud que alcance para aparentar ser de metal, mármol o yeso, en imitación de una estatua. Como todo arte, ésta termina su razón de ser en el público, que como este fenómeno se desarrolla mayormente en las calles peatonales, siempre es un peatón. El encuentro del observador hacia la estatua es normalmente casual, y la apreciación al desempeño del artista baja o sube según el atractivo de su apariencia, el realismo que sugiera, o la posición que haya adoptado, lógicamente, para llamar al público. Así, el éxito y aprobación de lo expuesto se mide en la colaboración que obtenga por parte de la gente: el transeúnte simpático deja una moneda en un recipiente dispuesto a tal fin, y a cambio de ese gesto se ve agraciado -y de paso maravillado- por un movimiento o reverencia de la estatua hacia él, que se movió para él, podría pensar un optimista.

Así es que caminando con Noelia una noche de enero por la marplatense calle Rivadavia, vimos entre la muchedumbre y los promotores de obras de teatro una estatua viviente, a punto de estallar, frustradísima en su arte.

Su ánimo se explicaba en esa calle repleta de gente, y esta persona pretendiendo ser estatua viviente entre una agazapada concurrencia de turistas que le aportaban monedas incesantemente, por lo que su popularidad y el aporte económico era un éxito, aunque no se entendía por qué, si no estuvo quieto más que un instante. Ahora estaba haciendo reverencias y tal vez pensando en la inestabilidad de su éxito, que cuando él lograba moderar su respiración y su pulso para conseguir la quietud de la estatua... ¡ni bien conseguía ser una buena estatua, venía un infelíz a mostrarle cuán lindo le parecía!, y él tenía que saludar con gesto agradecido, pero con ánimo de trovador al que le aplauden en medio del recitado.

Sabiendo esto, ahora nosotros también somos víctimas de la paradoja: ¿Qué prefiere aquel que se sube a la pequeña tarima y emula ser de mármol; la gratificación económica o la artística? ¿Vale la pena interrumpir ese gesto petrificado y sublime, para expresarle admiración? ¿Hay que preguntarle antes de dejar la moneda? ¡No...! eso la haría gesticular. ¿Entonces tratamos a las estatuas vivientes como estatuas, o como artistas? A las estatuas se las mira, no se les deja monedas... ¡Pero esa no es una estatua, es una persona! ¿Sabrá apreciar el artista el verdadero gesto de admiración, si lo tratamos como a una verdadera estatua?


TZL
29 de junio del 2010.
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General Deheza: Preludio

14 al 16 de junio de 2008
Preludio:

El comienzo de este viaje es quizás lo más venturoso de todo el recorrido: Habíamos coordinado pasar un fin de semana en General Deheza, de visita a las tipas conjunto a los muchachos del club de tipo. Los chicos de Avellaneda saldrían en el Ferrocentral hasta Villa María, mientras yo iría hasta el mismo lugar, pero en ómnibus por carecer del servicio sobre rieles hasta allá.

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Encarnación de Ricardo Gutiérrez


Él mismo no sabía dónde estaba, ni qué hacía, pero desde algún lado miraba ésta situación, que después iría yo a saber:
Eran las 1:20am del sábado 14 de junio, y bajo las luces amarillas de la estación de ómnibus de Villa María se veía como un completo desconocido se bajaba de un colectivo. Después entró al predio algo desconcertado y se paseó por algunas boleterías, evidentemente, sin encontrar lo que buscaba. Con gesto de resignación se sentó a tomar un café en el bar, junto a una mesa ocupada. Lindante unas mesas estaba sentado Héctor Calderón; persona con varios cumpleaños festejados, lungo, de cabellera enrulada y gris, la piel curtida por el sol y arrugada por el tiempo, lugareño y habitué del bar de la estación en esas noches de sábado. Una venda le rodeaba la cabeza y algunas gasas le tapaban partes de la cara, justo debajo del fresco raspón que mostraba en la frente. Su vecino de mesa lo vió mientras esperaba el café y no pudo evitar sorprenderse del lastimoso estado de Héctor, aunque reaccionó con aparente indiferencia.

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General Deheza: el pueblo

Segmento 2: Efímero dehenze

Seguramente el chofer del colectivo T.A. Villa María, que me llevó a General Román Antonio Deheza me miró extrañado cuando le pregunté cuántas paradas faltaban para llegar al pueblo. En fín, al llegar supe que de todas las veces que bajé de un micro, ésta fue la que más frío hacía. De todas formas llegué rápido (previa instrucción telefónica) hasta la casa de Alda, donde nos conocimos tridimensionalmente con las tipas y procedimos a un natural y calientito café batido.
Junto con el Sol salimos a caminar las calles; pasamos por la plaza, la iglesia, la plazoleta con el monumento al riel, etcétera. A la tarde cruzamos la ruta nacional 158 (calle Buenos Aires) y llegamos a la ciclovía que comunica General Deheza con General Cabrera, que corre paralela a las vías del Ferrocarril Mitre.



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Otro gallo le cantara...

El tren nocturno la llevaba por caminos inéditos. Tras la ventanilla, sólo existía la cubierta negra de la noche. El paisaje era cambiado de tal forma por la oscuridad, que no parecía el mismo recorrido hecho en la ida. Ella, sentada en una butaca verde, se suspendía entre la propia imaginación y una lectura casual, que leía con distracción: saber lo que dejó allá, era una incógnita eterna. Le parecía que el olor de la maleza alejándose la acompañaría para siempre, y cada vez con más presencia.
Acercó su mirada al vidrio, y hacia arriba vio la única luz en la plena noche... En ese momento estaba rodeada de azul, sin darse cuenta el tren y la luna, todo azul.
Al detenerse en una estación pequeña volvió a sentir el signo latiendo, demasiado fuerte como para quedarse. Las miradas ya estaban anaranjadas de sol naciente. Cerró el libro y lo puso en su bolso, que cruzó en bandolera antes de dejar la butaca verde, y luego el tren. Afuera, caminó unas pocas cuadras por calles que le resultaban raramente conocidas. Había dejado su equipaje de recuerdos y tempestades allá, en la estación de la bruma amarilla, y sin embargo el olor a maleza la atormentaba. Delante suyo se cruzó un pájaro de papel de libro de Omán, cayendo a sus pies. Detuvo el paso, lo levantó tomándolo de la cola y mientras dudaba de qué tren había tomado, trató de ubicarse. Dando vista al ya bien iluminado paisaje, miró al frente.
Allá adentro, los fantasmas la esperaban.


Viene del capítulo antes del final, 'el plantazo'.
Sigue en el principio, 'a la siesta'.
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trenazul-14jun2010
Casualidad o no, este episodio empalma con mi resolución del noveno ejercicio de El Taller.
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Marajenses 2009, 3

El tren a Constitución.
Domingo 16.40hrs: El tren 308 a Constitución:



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Marajenses 2009, 2.

Foráneos marajeando.
Sábado 19, 16.00hrs:

El maletero de la terminal no entendía qué hacía yo sentado ahí, en un banco de la estación soleada y desierta. De a poco se hicieron las cuatro y cuarto de la tarde, y ella me avisó que creía estar entrando a la ciudad mientras el colectivo entraba a la terminal. Al ver los pasajeros bajando, miré desde lejos para ver si la reconocía. No sé si era el Sol sobre ella, su vestimenta casual, su forma de sostener las manos en las tiras de su mochila. 

Tal vez su forma de pararse, normal pero por alguna razón transmitiendo seguridad, decisión y actitud propia. O tal vez me simpatizaron su estatura y su piel de tez clara, suave hasta a la vista… Allá estaba ella. Repasé dos o tres veces para asegurarme de no estar errado… y atónito por el encanto o el asombro, sólo emití un pensamiento: ‘qué linda es’.

Me acerqué a recibirla, y juntos estrenamos bajo los generosos rayos del Sol siestero, nuestros pasos sobre la ciudad costera. La avenida Pueyrredón, sin asfalto ni cordones, abundada en pasto en sus veredas, igual que –sabríamos después- la diagonal Rivadavia, que nos llevaría directo al centro de informes de turismo. Esquivando charcos en el barro de las ocho esquinas de Olmos, desviamos sin querer a esa misma calle y pasamos a contar regresivamente la numeración, hasta la avenida principal Libertador José Francisco de San Martín.

Llegamos, yo inclinado a la derecha manteniendo el bolso del lado izquierdo, y encontramos la oficina con un cartel que la anticipaba cerrada durante nuestra estadía. Sin desanimarnos ni un poquito, llegamos hasta la Hostería Mar de Ajó, donde se nos dio alojamiento y un plano de la ciudad, según habíamos calculado.

Con una llave-tarjeta pasamos a dejar el equipaje en la 211, para sin mucho rodeo despegar las seis cuadras que nos separaban desde allí a “El Teatrino”, donde llegamos a las 17.02hrs, con ambos minutos de retraso según el cronograma. Marcela Navarro, la coordinadora de la entrega de los premios ‘Maestro Almafuerte’ para medios de todo el país, estaba a punto de irse, por lo que llegamos justo para recibir los papeles y las indicaciones de cómo iba a ser el programa para la gala de la noche.


Conociendo el Mar Argentino.
Mar de Ajó tiene un éjido urbano histéricamente regular. Desde avenida Libertador San Martín cambia la nomenclatura de calles hacia el Norte y el Sur. Nosotros desde el teatro seguimos en el Sur, llegando a costanera y dando lugar a una sucesión trascendental para mí: por primera vez frente a las playas del Mar Argentino. Por primera vez escuchando directo en mis oídos el murmullo de las olas, en una playa vespertina notablemente ventosa y despoblada. El agua no termina en el horizonte, y aunque no dejen de venir olas a la orilla, ese mar nunca termina de llegar. Marcábamos levemente nuestras huellas en una arena húmeda y afirmada por lo bajo de la marea. El ambiente sereno, tenue y querible, se completa y se posibilita caminando junto a sus pasos, descubriendo paisajes inéditos para mí, tan ajenos a mi gentilicio.

En nuestra vuelta por la arena hacia el norte, llegamos hasta el muelle de Mar de Ajó. Aquel que por más que pareciera un muelle más, para los entendidos resulta ser el muelle de pesca deportiva más largo de Sudamérica, con 270mts de largo, un morro de 500mts2 y su estructura de hormigón armado, su construcción data desde el año 1936. Sin saber todo eso, antes de llegar al muelle nos internamos en una duna que no era Fiat, durante la cual dimos final a la caminata arenada, y regresamos a la calle costanera camino a la hostería.

Al salir nuevamente, ahora disfrazados pintorescamente de pingüino y mariquita de San Antonio, nos sorprendió el clima frío que comenzaba con la noche. El Cine California no nos quedaba lejos, sin embargo llegamos después del horario anunciado para la gala: aún así esperamos para que se le dé comienzo, y luego que transcurran una tras otra las premiaciones a medios que de no ser por esta institución, nunca me hubiera enterado que existían. Terminado el deber, tras haber masticado sonrisas y saludos a desconocidos durante aquellas horas de función, nos fugamos de la farándula con la excusa de volver a las prendas habituales, cómodas y abrigadas, cosa que se tornó urgente ni bien estuvimos afuera del cine: Noe traía su vestidito más bien veraniego, y un saquito que poco pudo hacer para calmar el frío que la atacaba, aunque en ese tren, bien me ayudaba a abrazarla.

Fue increíble compartir el lecho de sueño. Seguramente los dos sospechamos las posibilidades, pero -sin decirnos palabra- no nos quisimos apresurar. Dormimos cada uno de su lado, -los que ahora mantenemos como propios- haciendo fuerza para no pensar lo que podía ser. ¿Esto es real? Fue una pregunta que me hice y le hice recurrentemente, mitad por afán filosófico y mitad porque las circunstancias, o esas casualidades todas juntas, me llevaban a pensar sino en la irrealidad, por lo menos en individualización de la realidad: compartir un mundo diferente con una persona que hasta hace horas era intangible, bien podría ser un sueño o algo parecido.

Sin embargo la realidad se mantuvo irrefutable, despertándonos los dos casi en el mismo minuto, sin alarma de por medio. Una mañana que nos encontraba descansados, despiertos, roncos y acalorados. Al abrir la ventana entraron los oxígenos domingales que hasta ese momento faltaban en la habitación.

De repente dos horas atravesaron los relojes, en un minuto. Y fue tarde para tomar el colectivo de las 10.30hrs, y para lamentarse. Renegamos de arrepentirnos y transformamos aquel tiempo en nuestro, en tiempo ganado. En el desayuno ‘El reencuentro’, y posterior recorrido de toda la avenida Pueyrredón, incluso hasta el mar, donde aprovechamos para hacer mi bautismo marítimo madrinado por la mismísima Noe. Al volver por el mismo camino, con diálogo cálido y fluído, para llegar a ‘el reencuentro’ y darnos un almuerzo suculento y rápido, apurados por un horario de micro que no podíamos postergar.


Asfalto en el centro y en el perímetro de la terminal de ómnibus.

Desde la terminal por Pueyrredón hacia la costa. Izq: Vereda de barrio. Der: Calle de barro.

Izq: En Mar de Ajó no es todo balneario; también hay que alimentar al ganado. Der: Las recurrentes esquinas agudas.
Izq: En la garita, "Sociedad de Fomento Barrio Pueyrredón". Eso significa que pronto será mucho mejor. Der: Llegando a la costa, el Parque municipal General Unitario Lavalle.

Se confunden los azules.
Ahora eran las 14:10hrs del domingo 20: último día de invierno. Íbamos rumbo a Pinamar por la ruta interbalnearia 11, sentados en los asientos de un El Rápido. Creciéndonos la pena al ver el redistanciamiento agrandarse en el horizonte, conforme dejábamos atrás hileras de árboles y toneladas de campo en la ruta. Exprimiendo con desespero, con desmesura cada segundo perdidos del brazo… comprimir la pasión en tan poco tiempo no debe ser saludable: aventurados en la tremenda tarea de aprovechar cada minuto, cosa que los acortaba uno a uno y convertía las agujas de todos los relojes en punzones revolviendo nuestros pechos. La terminal de ómnibus, en las afueras de Pinamar, ese lugar de bifurcaciones… la estación es aún más grande que la marajense, y aún más en la periferia de la ciudad. Encaprichados por estar más tiempo juntos, fuimos a comprar el boleto de tren a la estación Divisadero, a un kilómetro y medio sobre la ruta 74, y volvimos para hacer los abrazos dichosos, apretados, agonizantes de minutos, insistentes por detener el tiempo. Lamenté cargado de ironía el alarde de velocidad que hacía El Rápido del Sud en servicio a Mar del Plata, al mismo momento en que llegó, y nos sometió a un degradado abrazo que terminó sumiso e irremediable. Nuestro sentimiento solamente encontró refugio en la esperanza, ante ésta despedida Me quedé mirando estupefacto, detenido por la impotencia: ella alejándose, ella subiendo, ella desapareciendo tras la puerta de un ómnibus.

http://www.premioalmafuerte.blogspot.com/
http://www.hosteriamardeajo.com.ar/
http://www.portaldelacosta.com.ar/mardeajo.htm




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Fotos y texto por Trenazul, setiembre 2009.
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Marajenses 2009; 1.


Hacia el encuentro.


Desde la noche anterior viajaba en un Flechabús. Hoy sábado 19, bajando del ómnibus en Retiro, me moría de hambre.
Ella ahora estaría definiendo qué vestido llevar o confirmando en qué horario saldría hacia Mar de Ajó. Mientras tanto yo paseaba por la terminal porteña buscando también, aquel micro que me lleve al Partido de la Costa. Esa búsqueda y dos asuntos más ocupaban mis pensamientos: el encuentro con Noelia, a quien fuere a conocer en ese instante, y mi desempeño oratorio en la entrega de los Premios Maestro Almafuerte, a la que me habían enviado desde la producción de ‘A la Carta’.

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Trocha Media Bonaerense 1: Subte A

Primer Tramo: recorrida capitalina.

Todo empezó a concretarse el martes 13 a la tarde, cuando compré mi pasaje de ómnibus a Rosario:

TATA RÁPIDO www.tatarapido.com
SANTA FE TALÓN PASAJERO
FECHA Y HORA DE SALIDA: 13/01/2009 23:55
BOLETO Nº SSI-260553 ASIENTO Nº: 13
DESTINO: ROSARIO IMPORTE $: 25.60

A las corridas empecé a armar el bolso a las 22hrs, y a las 23.54hrs llegué como tortazo a la terminal para abordar este ómnibus, en aquellos últimos cinco minutos del mismísimo martes trece. Según mis planes y después de pasar por la terminal de ómnibus rosarina, obtuve en la estación Rosario Norte mi pasaje del TBA a Retiro con intermedias, que decía entre otras cosas:

TBA fecha 14/01/2009
Clase Pullman
Nro de coche: 510
Desde: Rosario Hasta: Retiro
Importe $: 33 Original Pasajero
Estación ROSARIO
Punto de venta 5048
Numero de boleto 00015426

ene-2009
'El rosarino' calentando motores en Rosario Norte.

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Trocha Media Bonaerense 3: Tramway

Tercer Tramo: Tramway Histórico de Buenos Aires.

Madrugamos a las tres de la tarde del domingo 18, recién empezando el día. El plan para hoy era llegarnos hasta el barrio de Caballito para pasear en el Tramway Histórico de Buenos Aires. Nos hicimos en Gerli utilizando por fín el resguardo que ofrece la sala de espera que tiene ésta estación, mientras esperábamos el eléctrico a Constitución. Una vez allá subimos a un subte C hasta Retiro para comprar mi pasaje de vuelta a Santa Fe y después volvimos en la C hasta Avenida de Mayo para combinar con un A (estación Lima) y así llegar donde nos disponíamos. Mientras esperábamos el A le dije a Seri –como si además de ser conocedor de las rutas, vías, territorio e historia del suelo argentino, también cumpliera deseos- “ojalá que nos toque el de madera” a lo que él respondió con cara de ironía, como creyendo que es raro que no te toque el de madera. Para terminar nuestro cortísimo y espontáneo debate sobre la suerte en el material rodante de la línea A, viajamos a estación Primera Junta en el último coche de un metálico Fiat Materfer, junto con algunos simpáticos turistas africanos o afroamericanos.

Cuando subimos a Caballito tratamos de develar dónde estaba la calle Emilio Mitre. Seri sabía pero estaba desorientado, y yo no desconfiaba de su conocimiento, pero también tenía muy en cuenta su desconcierto. De todas formas renegamos de toda pregunta a vecino o vistazo a Guía T, y anduvimos por Rivadavia en búsqueda de Emilio. Me fascinó el cantero central de avenida Rivadavia entre Centenera y Emilio Mitre: Ya desde la esquina de Centenera, se ve una especie de gran bajada al subte que –según se vé- está en proceso o abandonada en mitad de la construcción. Cruzando al cantero, lleno de árboles y puestos de diarios y revistas, para que después de cruzar el tramo asfáltico que deja cruzar calle Cachimayo, uno se encuentre con la fabulosa rampa de transferencia subte/tranvía, que fuera construída en 1914 y usada para llevar los coches del subte a los talleres Polvorín, y a través de esa rampa existía también un servicio que extendía el subterráneo (por la superficie desde calle Emilio Mitre, donde está la rampa) hasta Rivadavia y Lacarra, hasta que en 1927 se canceló. Hoy solamente se usa para llevar los coches del subterráneo a los Talleres Polvorín.


La mencionada rampa de conexión subte-tranvía.

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Trocha Media Bonaerense 2: Local del Urquiza

Segundo Tramo: Servicio local del Urquiza

El sábado 17 de enero, teníamos planeado con Seri -ya que no estábamos rumbo a Mar Del Plata- salir a la mañana tempranito hacia Mercedes en el Sarmiento, pero para nosotros el día empezó mucho más cerca del mediodía que del amanecer: cerca de las 12.30hrs caminamos hasta estación Gerli para tomar el tren a Plaza Constitución y ahí combinar con subte C. Era tan sábado a la tarde, que hasta pudimos viajar sentados en esos siempre codiciados asientos de pana azul. Con esa línea subterránea llegamos hasta estación Diagonal Norte, y ahí caminamos por los túneles a la Carlos Pellegrini de la línea B, donde tomáramos una formación que, llevándonos por debajo de los teatros, cines, confiterías y restoranes de antaño de la avenida Corrientes, nos dejara en la antigüa estación cabecera de subterráneo B; Federico Lacroze.

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Dónde estamos

Psje Echeverría 4797 (esquina Gutiérrez), Santa Fe, Argentina.
Contacto al 0342-155155911

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